Gritos, lloros, desesperación, congoja... MUERTE. Gaza lleva años sometida a la dictadura de Israel, dependiendo de sus decisiones hasta para poder comer (como todos los territorios palestinos); pero en las últimas semanas, se suma a eso la repentina necesidad de borrarlos del mapa. Por cada muerto israelí (que se pueden contar con los dedos de las manos) hay centenares de palestinos que inundan nuestras televisiones, la mayoría de ellos niños inocentes que no entienden la vida que les ha tocado vivir y que unos completos desconocidos y vecinos suyos se han encargado de acortar. Lo más triste de todo ya no es solamente que nadie quiera hacer nada por evitar todo esto, sino que encima las grandes potencias apoyan a Israel (seguramente no tenga nada que ver el hecho de que es más interesante llevarte bien con este país que con unos territorios que ni pinchan ni cortan en el ámbito mundial).
Aún puedo recordar como si hubiese ocurrido ayer la conversación que tuvimos con Amin, el guía palestino en nuestra visita a Belén, hace poco más de un año, “no es justo que por culpa de los musulmanes extremistas nos consideren a todos unos asesinos. Queremos vivir, queremos comer, queremos paz”. Esa mirada que se clavaba en el alma mientras hablaba no creo que se me pueda olvidar nunca; al igual que tampoco olvidaré nunca el estremecimiento que le recorrió a Jorge, argentino judío que nos guiaba en Israel, cuando un miembro del grupo le dio sin querer un golpe a la maqueta de hierro y el sonido metálico hueco pareció como si fuese una bomba.
El temor de Amin se ha hecho realidad. Por culpa del grupo de Hamás todo el pueblo de Gaza se encuentra ahora pagando las consecuencias y a un precio demasiado alto. Aunque deberían pensar que la existencia de este grupo terrorista palestino es la respuesta a una desesperada necesidad de ese pueblo de poder vivir en igualdad de condiciones y de derechos que sus países vecinos.
