"Todos los LUNES compartiendo mis sueños y pensamientos contigo"
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lunes, 6 de septiembre de 2010

5 AÑOS DESPUÉS DE COMER PERDICES


Por fin había terminado el intenso día de trabajo. Estaba deseando llegar a casa, darse un baño caliente y pasar la noche con su marido. Pero, como iba siendo costumbre, otra vez un post-it pegado en la puerta del frigorífico daba al traste con sus planes: “Esta noche estoy de guardia y acaban de llamarme por un accidente de tráfico. Voy para el hospital. No me esperes para cenar. Lo siento. Te quiero”.
Desde que se habían cambiado de ciudad, sus horarios laborales eran tan incompatibles que no conseguían tener muchos ratos para estar juntos y, los raros días en que sí lo hacían, estaban tan cansados que terminaban rendidos en cuanto se sentaban en el sofá o nada más entrar en el dormitorio.

Intentando calmarse, y que se le pasara un poco el enfado, marcó el número de teléfono que se sabía de memoria y que tanta ayuda le había brindado desde que se mudaron. El teléfono del único hombre que le hizo replantearse si era correcto casarse con su actual marido o si, por el contrario, estaba desperdiciando su juventud y su vida. Ahora, ese otro hombre, el primo de su marido, era el mejor amigo, el único que ella había encontrado en ese nuevo lugar y, por tanto, era su mayor apoyo.

Ya habían pasado más de cinco años desde ese día en el que se vieron por primera vez, cuando estaba preparando su boda y… ¡habían cambiado tantas cosas desde entonces! Ahora, ella también era su prima y él la trataba como tal. La etapa de coqueteos adolescentes había quedado atrás, cuando ella aún era soltera. Desde que volvieron de la luna de miel, su actitud había cambiado. Era como si hubiese madurado de la noche a la mañana y hubiera entendido que no podía meterse en medio de la relación que su primo mantenía con su ya mujer. Sobre todo, después de la clara elección que ella había tomado.
Ahora estaban ahí los dos, como viejos amigos. Él había accedido encantado a cenar en su casa y no desaprovechar así la comida que ella preparó antes de ir a su revisión.
“¿Revisión?, ¿no estarás enferma?”, preguntó él, claramente preocupado. El sonido de las llaves abriendo la puerta interrumpió la contestación de la chica. “No, no estoy enferma”. Se volvió a mirar a su marido: “Estoy embarazada”...

jueves, 19 de agosto de 2010

La novia en el altar (Tercera opción).


Los invitados están impacientes. Algunos se han levantado de sus asientos y esperan en la puerta de la iglesia a que llegue el novio, que se está retrasando demasiado. Hasta que aparece un coche... ¿Por fin es el novio?... No, quien ha llegado es la novia. Guapa, radiante sublime… y hecha un manojo de nervios. Ella nota la reacción de la gente, que la observa curiosa. ¿Qué ocurre?... ¡Lo sabía!. Ni siquiera el día de su boda, el día más importante de su vida, su novio es capaz de llegar a tiempo. La novia habla con su padrino. ¡No ha llegado aún!. Cuando está a punto de darse la media vuelta lo ve... Está allí, entre los invitados. Ese hombre que llegó a su vida para ponérsela patas arriba y llenarla a ella de infinitas dudas. Al verlo, consigue tranquilizarse y coge del brazo a su padrino. Se dirige resuelta hasta llegar al pasillo de la iglesia. Esperará al hombre de su vida en el altar.
Cuando llega, lo vuelve a ver. El joven se ha acercado hasta una posición en la que ella puede observarlo detenidamente. ¡Qué guapo que está!... La novia no puede evitar pensarlo. Enseguida desvía la mirada. Él no deja de mirarla fijamente a los ojos, desafiándola. ¿Es que no se rinde? Ni siquiera hoy. Piensa ella. A su mente, llega el día en el que se conocieron. Se le escapa una tímida sonrisa al recordarlo. Ella fue a casa de su novio. Habían quedado para comer y, después, empezar con los preparativos de la boda. Después de más de 10 años de noviazgo, al fin habían decidido dar el paso. Habían esperado a tener una situación estable que los respaldara en su futuro juntos. Cuando ella llegó a casa de su chico, oyó el agua de la ducha. Entró sigilosamente para darle una sorpresa… y al final fue ella la sorprendida. Se encontró a un hombre que no había visto en la vida. Era un primo lejano de su novio. Había venido a la ciudad a ayudarlos con algunos de los detalles de la boda. Desde ese día, ÉL no se cortaba. Era unos cinco años mayor que su primo… y eso se notaba. Pero parecía un quinceañero al lado del novio. Y en parte, eso le gustaba a ella. Le hacía recordar los tiempos en los que comenzó a salir con su pareja: el tonteo, el coqueteo, las interminables llamadas, los detalles… en definitiva: la ilusión de saber que gustaba a otra persona. Pero, también, esta nueva situación la hacía ponerse muy nerviosa. Temía que la relación sólida que su novio y ella habían logrado crear se viniera abajo de la noche a la mañana de un plumazo.
El hombre seguía en la iglesia, observando a la novia. "Aún estás a tiempo". Pensaba para sus adentros. "Yo te puedo ofrecer cosas que mi primo nunca lo hará más: aventura, diversión, descontrol… volver a ser adolescentes y vivir sin ataduras". Se sentía hipnotizado: la novia estaba realmente hermosa con ese vestido que él mismo había elegido para ella. Recuerda ese momento. Una de las múltiples veces de las últimas semanas en las que se habían quedado los dos solos. Él se paró ante un escaparate y vio el vestido. "Está hecho para una diosa como tú". Ella rió ante el atrevimiento. Ya se estaba acostumbrando a sus osados comentarios. Entró en la tienda para probarse el vestido con la única intención de callar al chico. Pero cuando se lo vio puesto, los dos se enamoraron de él. Por fin conseguían estar de acuerdo en algo.
Como si hubiese leído sus pensamientos, la novia por fin se atreve a mantenerle la mirada. Pero en esta ocasión es diferente. La mirada está llena de compasión. Es como si ella le pidiera perdón por no haberlo elegido a él, porque a pesar de todos los intentos, ella seguía dispuesta a casarse con el hombre que en esos momentos entraba por la puerta de la iglesia, con la cara descompuesta por su tardanza pero más feliz que nunca...