Recorro las calles y las veo llenas de niños. Dando gritos en sus peleas por ver quién llama más la atención. Molestando a los que simplemente queremos dar un paseo para desconectar y tener unos momentos de paz. Pero, a pesar de esto, también son los causantes de que la ciudad esté llena de alegría y jolgorio incluso en un día tan triste como éste. El recuerdo de las personas que ya no están nos hace daño. Y los niños, sin embargo, son todo lo contrario: con su inocencia y ese “no conocimiento”, están llenos de energía y vida. Son criaturas “angelicales” a las que se les permite todo. Ni siquiera tienen ni idea de cómo es el mundo que les rodea. No piensan más allá de lo que su corta mirada les deja ver. No entienden que hay un futuro al que temer. Viven su vida totalmente ajenos a lo que les puede suceder mañana. Y ni siquiera se lo plantean. Por eso, no tienen miedo a reír, a llorar. Tienen una sorprendente capacidad de poseer sentimientos contrapuestos en breves instantes de tiempo. Y, aunque eso también nos pueda pasar a los que ya no somos tan niños, ellos tienen un don que nosotros no poseemos: cuando eres pequeño, no sufres, disfrutas más de los momentos buenos que de los malos. Vives el presente y solo lloras cuando te has pegado con un amigo en el recreo del cole. Admiro a estas criaturas porque solamente por el hecho de ser niños ya tienen más derechos que nosotros. A ellos se les permite todo. Pero ¿y a nosotros?
martes, 1 de noviembre de 2011
LOS NIÑOS
Recorro las calles y las veo llenas de niños. Dando gritos en sus peleas por ver quién llama más la atención. Molestando a los que simplemente queremos dar un paseo para desconectar y tener unos momentos de paz. Pero, a pesar de esto, también son los causantes de que la ciudad esté llena de alegría y jolgorio incluso en un día tan triste como éste. El recuerdo de las personas que ya no están nos hace daño. Y los niños, sin embargo, son todo lo contrario: con su inocencia y ese “no conocimiento”, están llenos de energía y vida. Son criaturas “angelicales” a las que se les permite todo. Ni siquiera tienen ni idea de cómo es el mundo que les rodea. No piensan más allá de lo que su corta mirada les deja ver. No entienden que hay un futuro al que temer. Viven su vida totalmente ajenos a lo que les puede suceder mañana. Y ni siquiera se lo plantean. Por eso, no tienen miedo a reír, a llorar. Tienen una sorprendente capacidad de poseer sentimientos contrapuestos en breves instantes de tiempo. Y, aunque eso también nos pueda pasar a los que ya no somos tan niños, ellos tienen un don que nosotros no poseemos: cuando eres pequeño, no sufres, disfrutas más de los momentos buenos que de los malos. Vives el presente y solo lloras cuando te has pegado con un amigo en el recreo del cole. Admiro a estas criaturas porque solamente por el hecho de ser niños ya tienen más derechos que nosotros. A ellos se les permite todo. Pero ¿y a nosotros?
lunes, 27 de julio de 2009
ÉL
Ese alguien es ÉL. Quería hacerle reír al niño y lo ha conseguido… ¡vaya que si lo ha logrado!. El crío está riéndose a carcajada limpia y él es el culpable de ello. Se siente muy feliz y orgulloso de sí mismo. El sentido del humor es una gran táctica que tiene para desconectar y evadirse de los problemas; y, a la vez, al niño no le viene nada mal reírse tanto como lo está haciendo en ese momento. Está matando dos pájaros de un tiro. Está consiguiendo un beneficio mutuo.
El chico no para: los caballos, el deporte y el teatro son algunas de las grandes aficiones que le hacen llevar la vida que él desea. Aunque no siempre es así; a veces, en su mirada desaparece la juerga y el cachondeo y sus ojos se nublan. Está pensando. Está dándole vueltas a la cabeza. La ironía es la gran coraza que utiliza para protegerse. Pero esa barrera es demasiado frágil como para poder defenderla las 24 horas del día. ¿Qué se esconde en él?. ¿Por qué no se sabe nunca cuándo actúa en serio y cuándo lo hace de broma?. ¿Será miedo?. ¿Temor a tropezar en la misma piedra y que le vuelvan a hacer daño?. No quiere sufrir. Por ello, se ha decantado por la observación. No deja de mirar a los que tiene a su alrededor para poder saber desde el principio cómo son. Así se evitará muchos problemas.
Pero lo que necesita, lo que realmente necesita para “pasar página” es encontrar a esa persona que sepa quererlo y amarlo con todas sus virtudes (que no son pocas) pero, sobre todo, con las cruces que le han tocado llevar en su vida. Las cargas, si se llevan entre dos personas, no son cargas dobles: son cargas compartidas. Y no dudo ni un instante de que al final terminará consiguiéndolo.
