Nunca me había ocurrido algo así. O, al menos, nunca hasta este punto. No había nada que hiciera presagiar que esto fuera especial, fuera de lo corriente o diferente, de tal forma que la ficción se convirtiera en realidad. No había ninguna pista que hiciese presagiar que mi historia inventada fuese a suceder casi de la misma manera en la que se había materializado en mi medio sueño.
Las vacaciones dan para mucho: tienes tiempo para descansar, para pasarlo bien con los amigos, para estar con la familia… pero, sobre todo, tienes mucho tiempo para pensar, para imaginarte cosas y para inventarte historias. Hay que ejercitar la mente sin parar para que no se oxide. Y una de las cosas que siempre me ha caracterizado es mi gusto por inventar historias. De niña me tragaba con mi abuela todos los culebrones de la tele y, como todos sabemos, en estas series pasa todo lo inimaginable. Puede que eso sea otro de los motivos que me llevó a mi gusto por escribir. Con el tiempo, mi abuela murió y yo ya no vi motivo alguno para seguir viendo telenovelas, pero mi interés por inventar historias (algunas las plasmaba en papel y otras, sin embargo, no salían de mi cabeza) siguió latente en mí.
Pero esta historia… una historia inocente que comenzó para matar el aburrimiento mientras estaba tumbada sobre la arena de la playa y que incluso se metió por la noche en mis sueños, no se quedó en una simple invención. Días después se iban sucediendo diversos acontecimientos que desembocaron en que gran parte de esa historia se cumpliese. Todo era tan increíble que tardé bastante en pensar: “¿de qué me suena todo esto?, ¿no es algo que ya he vivido?”. Y mientras me hacía para mí misma estás preguntas, venía a mi mente mi relato, y una mezcla de asombro y desconcierto se apoderaba de mí.
Sí, los déjà vu existen.
Las vacaciones dan para mucho: tienes tiempo para descansar, para pasarlo bien con los amigos, para estar con la familia… pero, sobre todo, tienes mucho tiempo para pensar, para imaginarte cosas y para inventarte historias. Hay que ejercitar la mente sin parar para que no se oxide. Y una de las cosas que siempre me ha caracterizado es mi gusto por inventar historias. De niña me tragaba con mi abuela todos los culebrones de la tele y, como todos sabemos, en estas series pasa todo lo inimaginable. Puede que eso sea otro de los motivos que me llevó a mi gusto por escribir. Con el tiempo, mi abuela murió y yo ya no vi motivo alguno para seguir viendo telenovelas, pero mi interés por inventar historias (algunas las plasmaba en papel y otras, sin embargo, no salían de mi cabeza) siguió latente en mí.
Pero esta historia… una historia inocente que comenzó para matar el aburrimiento mientras estaba tumbada sobre la arena de la playa y que incluso se metió por la noche en mis sueños, no se quedó en una simple invención. Días después se iban sucediendo diversos acontecimientos que desembocaron en que gran parte de esa historia se cumpliese. Todo era tan increíble que tardé bastante en pensar: “¿de qué me suena todo esto?, ¿no es algo que ya he vivido?”. Y mientras me hacía para mí misma estás preguntas, venía a mi mente mi relato, y una mezcla de asombro y desconcierto se apoderaba de mí.
Sí, los déjà vu existen.


