"Todos los LUNES compartiendo mis sueños y pensamientos contigo"
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viernes, 18 de marzo de 2011

EL MISMO LUGAR DIFERENTE DE SIEMPRE


Llegar a un pueblo. A tu playa. Ese lugar que te ha visto crecer. Cómplice tuyo en tu primera vez que dejaste de jugar al escondite y el pilla-pilla en los bajos de tu urbanización y preferiste salir con tus amigos a un bar, a dar una vuelta, a tomar un helado, a beber. Donde aprendiste a nadar. Donde aprendiste a besar. Donde te dieron tus primeros puntos. Donde tuviste tu primera conversación seria y madura junto al inigualable “pico del aguilica”. Donde has vivido tantas y tantas cosas… que solo el hecho de sentarte en el paseo a contemplar el mar, sentir la suave brisa de una agradable mañana de marzo, oír las inconfundibles olas rompiendo en la orilla y ver la blanca espuma que forman, oler a mar y a playa… a TU mar y a TU playa… todas estas sensaciones te hacen evocar poco a poco todos esos recuerdos que creías olvidados pero que, en el fondo, siempre han estado ahí. Al igual que tu playa y tu “pico” siguen donde siempre, ajenos a los cambios que se producen y se están produciendo a su alrededor.

sábado, 11 de abril de 2009

CUENTOS DE HADAS

A veces, en momentos de debilidad, seguimos creyendo en cuentos de hadas. La niña que tienes muy escondida todavía en tu interior, dormitando sin parar debido a su larga vida, se despierta para hacerte creer de nuevo en todas esas historias que le fascinaban, esas historias tan diferentes y dispares productos de Disney que siempre tenían la misma estructura: chica guapísima conoce a un caballero andante guapísimo del que termina enamorándose en cuanto lo ve (casualmente, a él le ocurre lo mismo con ella) y los dos terminan viviendo felices y comiendo perdices.

La niña (ay, ¡qué ilusa!, pobrecita) cree en todas esas historias, cree que todo eso puede ocurrirle a ella también… ¿por qué no? piensa mientras va por la calle y ve a esas parejas de jóvenes sentados en un banco dándose abrazos y besos. Algún día esa niña sabe que dejará de jugar al escondite y al pilla-pilla con sus amigos del cole y cree que su príncipe llegará en su caballo a liberarla de su prisión. Vuelvo a repetir: pobrecita. Cómo pudo dejarse engañar todos esos años por estas historias que su mamá o su papá le contaban cuando era la hora de dormir, para que pudiera conciliar el sueño feliz e ilusionada ante la idea de que un día ella sería la protagonista de tan románticas aventuras. Todo se veía tan fácil…

Pero nadie le advirtió con tiempo:

Nadie le dijo que si chico guapísimo se fija en chica guapísima no es precisamente por la belleza interior que desprende y que esas historias superficiales no duran más de dos días

Nadie le dijo que a ese sentimiento no se le llama precisamente amor, porque para amar se necesita algo más que
un baile hasta las 12 de la noche en una fiesta de la realeza o más que un ratito con un chico en el campo mientras cantas “eres tú mi príncipe azul”



Nadie le advirtió de que la felicidad no es un estado eterno y duradero

Nadie le dijo que con amar y ser correspondido no es suficiente

Nadie le advirtió de que es necesario cultivar ese amor día tras día pacientemente para evitar que se muera

Nadie le dijo que existen muchos otros obstáculos que te impedirán estar con el príncipe azul y que no es precisamente la diferencia de estrato social el más complicado

Se creyó al que tuvo la mala leche de decirle “el miedo no existe” al comprobar que no había ningún ser paranormal escondido debajo de su cama o detrás de la cortina

Nunca se paró a pensar que las perdices se te pueden atragantar mientras te las estás comiendo… o que te pueden sentar mal pasado un tiempo.

Esa niñita fue poco a poco perdiendo fuerza y quedó escondida para siempre en un rincón de tu interior; pero ella, insistente, quiso salir de nuevo a la superficie para terminar volviendo a perder. Lo peor (o lo mejor) de todo es que esa niña es inmortal y nunca se cansará de jugar, a pesar de todas las partidas perdidas que ha vivido ya. Ella ha salido derrotada en casi todas sus batallas pero la guerra aún no ha terminado.

lunes, 1 de diciembre de 2008

LA INFANCIA


Este fin de semana me ha llegado un evento de Tuenti que trataba sobre la infancia, lo que ha hecho que recuerde esta época tan maravillosa de la que conservo las más gratas vivencias. Y es que, aunque en esos momentos no fuera consciente de ello, fue la etapa más feliz de mi vida.

Teníamos la capacidad de tirarnos horas, horas y horas sin parar, jugando a los más diversos juegos, sin que el cansancio y el aburrimiento formaran parte de nuestro vocabulario. Por supuesto, los juegos eran en la calle y no terminaban hasta que no conseguías caerte y hacerte alguna que otra herida.

Al llegar a casa, tus padres te veían con la ropa llena de porquería hasta arriba y, cuando se disponían a echarte una bronca monumental o a darte algún cachete (sí, antiguamente tus padres podían darte alguna guantada, que tampoco te venía nada mal), enseguida veían tus magulladuras y te recitaban la oración milagrosa por excelencia: “sana sanita, culito de rana, si no sana hoy sanará mañana”.

Además, los chicos tenían que estar con los chicos y las chicas con las chicas. Cómo no, yo tenía que ser la excepción que confirmara la regla: en el colegio, era la única que tenía un grupo de amigos y otro de amigas.

Pensábamos que eso de besarse en la boca era una guarrada que nunca experimentaríamos.

La mayor muestra de cariño que te podía dar la persona que te gustaba era cebarse contigo en la guerra de los globos de agua.

Tus mayores preocupaciones en tu complicada vida era si “fulanito me ha llamado tal cosa” o “menganito me ha pegado” (menos mal que nuestro gran lema defensivo “rebota, rebota y en tu culo explota” nos sacaba de muchos apuros).

Pero la mejor etapa de la infancia fue la final: la pre-adolescencia. 2º de la E.S.O. fue el año de la rebeldía, la época de hacer las mayores trastadas con los mejores amigos, la etapa en la que podías hacer lo que quisieras sin preocuparte de las consecuencias. Te dejabas guiar por los impulsos del momento, ya que no tenías nada que perder. Si hacías algo inapropiado o incluso malo, todos te excusaban diciendo: “Está en la edad del pavo y últimamente lo tiene muy subido”.