"Todos los LUNES compartiendo mis sueños y pensamientos contigo"

martes, 1 de noviembre de 2011

LOS NIÑOS

Recorro las calles y las veo llenas de niños. Dando gritos en sus peleas por ver quién llama más la atención. Molestando a los que simplemente queremos dar un paseo para desconectar y tener unos momentos de paz. Pero, a pesar de esto, también son los causantes de que la ciudad esté llena de alegría y jolgorio incluso en un día tan triste como éste. El recuerdo de las personas que ya no están nos hace daño. Y los niños, sin embargo, son todo lo contrario: con su inocencia y ese “no conocimiento”, están llenos de energía y vida. Son criaturas “angelicales” a las que se les permite todo. Ni siquiera tienen ni idea de cómo es el mundo que les rodea. No piensan más allá de lo que su corta mirada les deja ver. No entienden que hay un futuro al que temer. Viven su vida totalmente ajenos a lo que les puede suceder mañana. Y ni siquiera se lo plantean. Por eso, no tienen miedo a reír, a llorar. Tienen una sorprendente capacidad de poseer sentimientos contrapuestos en breves instantes de tiempo. Y, aunque eso también nos pueda pasar a los que ya no somos tan niños, ellos tienen un don que nosotros no poseemos: cuando eres pequeño, no sufres, disfrutas más de los momentos buenos que de los malos. Vives el presente y solo lloras cuando te has pegado con un amigo en el recreo del cole. Admiro a estas criaturas porque solamente por el hecho de ser niños ya tienen más derechos que nosotros. A ellos se les permite todo. Pero ¿y a nosotros?

viernes, 30 de septiembre de 2011

D.E.P.

El lunes amaneció triste y solitario. Al menos, eso es lo que sintió mi corazón. Una de las mejores personas que he conocido en mi vida abandonaba este mundo para reunirse con todos los seres queridos a los que le tocó despedir hace años: sus padres… sus hermanos… su mujer. Él cumplió su ciclo con creces en esta vida que nos ha tocado vivir. Ahora, se ha convertido en una estrella más en el cielo, un puntito luminoso que, aunque parezca pequeñito, siempre inundará los corazones de todos los que le conocimos. Porque su naturaleza tranquila y noble y esos ojazos claros y luminosos nos conquistaron a todos durante sus 92 años de existencia.

Abuelo, mientras busco consuelo y fuerzas para hacerte un pequeño homenaje, dejó aquí el reportaje que te hice hace unos dos años y medio para la universidad, cuando hablé de tu experiencia durante la Guerra Civil española. Te quiero y siempre te querré. Descansa En Paz.


Él acaba de cumplir 90 años. Con casi un siglo a sus espaldas, ha vivido una guerra civil y una posguerra muy duras. Ha visto morir a todos sus hermanos, a sus padres y a su mujer. Ahora, disfruta de su longevidad en un piso de Murcia, cercano a las viviendas de sus dos hijos. Este cartagenero, que lleva dos años y medio viviendo en Murcia desde la muerte de su mujer, tiene algunas lagunas mentales propias de la edad; pero los detalles de su experiencia de la guerra civil los tiene grabados a fuego en su memoria y sigue emocionándose al revivir sus andanzas.

La etapa de la guerra.
En enero de 1936 terminó el bachiller. Pocos meses después, al iniciarse la Guerra, en julio del mismo año, empezó a movilizarse. Contactó con Don Juan Tudela, teniente coronel de Cartagena de las intendencias del Ejército y amigo íntimo de su familia, pero ya no quedaban plazas disponibles en el cuerpo encargado del suministro alimenticio y armamentístico del Ejército.

Unas semanas más tarde, el hijo del casero vecino suyo, Pedro León, como trabajaba de chofer se enteró de que si a Salvador le interesaba ser voluntario en la guerra tenía otra opción: hacer un curso de seis meses para formarse como “especialista armero de aviación” y después aprobar un examen. Al tener todavía 17 años y ser menor de edad tenía que inscribirse adjuntando un permiso de los padres.

Debido a las cosas de la guerra, que iban mucho más rápidas de lo previsto, obtuvo su título de armero cuando sólo llevaba algo más de la mitad de lo previsto en el curso (unos tres meses y medio de los seis convenidos). Le tocó entrar entonces en escuadrillas (grupos formados por unos 12 aviones normalmente), en el sector de bombardeo. Su función era controlar el correcto funcionamiento de las bombas y armas que llevaban en los aviones. “Hubiese preferido estar en las escuadrillas de caza, porque allí se trabajaba mucho menos”, confiesa entre risas.

Recuerda con claridad que en su escuadrilla les tocó trabajar con rusos. “Eran buena gente, pero se regían por las órdenes de sus superiores, quienes no les permitían entablar mucha amistad con nosotros”. A pesar de ello, añade que mantuvieron buenas relaciones y que se comunicaban gracias a un intérprete que, curiosamente, era una mujer.

Comenzó la guerra como cabo armero y según lo estipulado al año se le ascendía de categoría. Pero la guerra terminó justo cumplido dicho plazo.

Final de la guerra.
Al acabar la guerra le destinaron al Monasterio de los Jerónimos para la depuración política. Él se había visto obligado a estar en el bando republicano, a pesar de ser partidario de Franco. “No hicieron bien las cosas. Necesitaban colocar a la gente y nos ponían donde primero pillaban. Es muy duro tener que luchar contra personas de tu misma ideología política; pero fue lo que me tocó”.

Tiene muchos recuerdos de su experiencia en Los Jerónimos, ya que a pesar de estar solamente unos pocos días vivieron muchos acontecimientos: todo había sido arrasado por la guerra. Tan sólo se encontraba el edificio con algunas camas y rodeado de huerta. El Monasterio como tal había desaparecido, no quedaba ni un solo resto de símbolos religiosos y ellos tenían que defender el territorio conquistado. “Teníamos que bajar a Murcia a patrullar por las calles con nuestro fusil al hombro. No sabes lo que se siente cuando la gente te aplaude, te saluda y te vitorea porque te confunde con las autoridades”, dice mientras se le iluminan los ojos.

Su estancia en Los Jerónimos terminó porque se escaparon: “desde que comenzó la guerra sólo volví a mi casa una vez. Por ello, cuando me destinaron a Los Jerónimos me puse muy contento, ya que me encontraba más cerca de los míos; pero a los pocos días, como vimos que allí no nos controlaba nadie, decidimos abandonar y regresar por nuestra cuenta con nuestros familiares”.

Consecuencias de la guerra.
Una de las peores cosas que recuerda de la post-guerra es el pan negro que les daban para comer, lleno de una serie de ingredientes de muy dudosa calidad y procedencia. Pero la guerra era lo que tenía. Había que alimentar a miles y miles de personas. Por eso, piensa que una guerra civil es mucho peor que una guerra entre naciones: “En la Guerra Mundial, por ejemplo, sabes que si de un bando caen 500 personas del otro habrán caído aproximadamente las mismas; mientras que en un enfrentamiento civil, si mueren 500 republicanos y 500 franquistas en realidad son 1.000 pérdidas efectuadas y mil familias de un mismo territorio de las que hay que ocuparse” dice entre lágrimas.

En su caso concreto, también pasaron muchas calamidades. Tenían una ferretería familiar en el conocido barrio de “El Carmen” en la ciudad de Cartagena (que existió hasta finales del siglo XX) y tardaron cerca de un par de décadas en restablecerse económicamente por completo.

Pero no todo son penurias. Recuerda con alegría y emoción la sensación que lo embargó cuando vio por primera vez desde que empezó la guerra a monjas vestidas con sus hábitos, fuera de peligro después de lo que habían sufrido durante la persecución a la que fueron sometidas esos tres últimos años. Y es que, como buen cartagenero, siempre ha estado atado fuertemente al mundo procesionario de la ciudad, siendo actualmente el Mayordomo más antiguo de la Cofradía California.

jueves, 25 de agosto de 2011

AMAR

Cuando amas a alguien QUIERES estar con esa persona las 24 horas del día; aunque, obviamente, no siempre se pueda ESTAR.


En el trabajo, cuando me levanto y cuando me acuesto, a pesar de estar separados físicamente, me acuerdo de ti siempre. Con las llamadas y mensajes que nos intercambiamos, descubro que a los dos nos pasa lo mismo: llevamos apenas unas horas separados, a veces incluso simplemente unos minutos, y ya nos echamos de menos.


Descubro que aunque consiga estar las 24 horas del día contigo, no dejo de verte y contemplarte. Aunque pasen horas y horas, no me canso de tu presencia y descubro la belleza del silencio... no me importa el silencio. Hasta eso quiero compartir contigo, porque me has enseñado que los silencios son hermosos y que son incluso mejor cuando van acompañados de tus caricias, tus besos y tus abrazos. Me gusta estar acompañada de ti en esos momentos de paz y tranquilidad, saber y sentir que estás sentado a mi lado.


Te busco en la cama. Aún entre sueños alargo levemente el brazo y ya puedo tocarte, porque estás a escasos centímetros de mí (a veces, son solo milímetros o incluso estamos pegados, rozándonos o tocándonos). Cuando te busco con la mirada, puedo intuir tu sombra acostada junto a mí y comprobar lo guapo que estás mientras duermes, inocente y totalmente ajeno a mis pensamientos. Puedo notar tu respiración y estudiar tus movimientos mientras respiras acompasadamente.


Soy feliz cuando sonríes, cuando ríes... en definitiva, cuando tú eres feliz. Simplemente verte contento me produce una felicidad difícil de definir ni de describir. Y dicha felicidad que siento se incrementa cuando sé que yo soy quien te ha provocado ese estado, ese arranque repentino y momentáneo que me gustaría que durara toda la vida.


Me encanta que me hagas descubrir comidas y sabores nuevos, hacer contigo nuevas actividades, que me muestres todo un abanico de posibilidades nunca antes conocidas por mí o que antes no sabía o no imaginaba que fueran a gustarme.


Disfruto simplemente con que un leve roce tuyo me estremezca de arriba a abajo como una descarga eléctrica... y comprobar que a ti te ocurre lo mismo.


Me gustan esos momentos en los que me siento confiada y, casi de repente, a veces como si no viniese a cuento, dejándome llevar, me abro a ti. Te cuento mis cosas, TODAS, desde las más insignificantes hasta cosas tan importantes y secretas que nunca se las habría contado a ninguna otra persona. Y mientras lo hago me miras, me escuchas, me acaricias, me apoyas. Y me dejas que yo haga lo mismo contigo.


martes, 9 de agosto de 2011

NO QUIERO DORMIR



Quisiera detener el tiempo un instante. Que se quede así como está, con el rutinario canto (o chirrido) de los grillos, el sonido de fondo de las olas de la playa chocando contra la orilla, el murmullo de alguna conversación alocada y estridente que se oye de forma intermitente a lo lejos, intentando enturbiar la paz que se apodera de mí. Un momento de soledad que me regalo, que necesito, a solas con la naturaleza, para recargar pilas y sentirme mejor conmigo misma, como si los problemas y preocupaciones solo fueran un breve recuerdo. Incluso el cansancio y el sueño que me habían invadido se quedan en un segundo plano.

Ahora, todo lo malo no existe. ¿Qué cosas había malas? Solo pienso en lo bueno, en lo que me ha regalado la vida, en lo que yo misma he conseguido gracias al apoyo de mi gente, en la gran etapa que estoy atravesando, en esa persona que hace que todos los días me levante con nuevas alegrías e ilusiones.

Y me siento fuerte y capaz de dominar el mundo contra viento y marea. Y por eso no quiero dormir, porque temo que mañana esa fuerza se haya evaporado.

jueves, 21 de julio de 2011

PRECIPITÁNDOSE AL VACÍO

Y lo ves, lo oyes cómo cae, sientes el ruido que va haciendo al chocarse con los cables que se encuentra en su camino... Hasta "el gran sonido", la traca final, el inconfundible "ya está, ya ha llegado al suelo, de ahí no pasa". He conseguido que las llaves de mi casa se cuelen por el hueco del ascensor. Para estos casos ¿no se podría hacer como en los programas informáticos? Cuando estás con el ordenador y borras un documento, te sale un mensajito preguntándote: "¿está seguro de que desea mover este archivo a la papelera de reciclaje?" Y así, en el caso de que te equivoques y mandes a dicha popular papelera un documento importante, luego puedes meterte y restaurarlo. Es decir, tienes dos oportunidades de enmendar tu error. Pero la rendija del ascensor no me ha dado tregua alguna. Como si de un aspirador se tratase, se ha llevado mis llaves a lo más hondo de sus profundidades, al "foso", como así lo llaman los expertos ascensoristas. Y con este calor sofocante de las 3 de la tarde en el pleno centro de Murcia, me he encontrado tirada en la calle más de 2 horas (y menos mal que era una urgencia, que si no aún me encuentro esperando a que rescaten mis llaves). Sí, aunque no me lo pregunten ahora lo tengo claro: no deseo mover mis llaves al reciclaje del foso del ascensor.

domingo, 10 de julio de 2011

DILEMA CORNELIANO



Una situación corneliana es aquella en la que una persona se siente en una encrucijada porque, elija lo que elija entre dos opciones, va a perder algo. El término es muy utilizado aún en Francia, ya que se veía mucho en las obras de teatro de Corneille y, por él, adquiere este nombre.


Todos, sin apenas darnos cuenta, nos enfrentamos a diario a este tipo de situaciones. Por ejemplo: tu sueño es estudiar algo que no puedes realizar en tu lugar de origen. Si te vas, estarás cumpliendo tu sueño, pero dejarás de ver a tus seres queridos tan a menudo como podías hacerlo antes. Si te quedas, estarás con los tuyos a diario, pero renunciarás a una oportunidad profesional que a lo mejor no vuelves a tener. ¿Qué puedes hacer entonces? Dura decisión, ¿verdad? Hagas lo que hagas, terminarás perdiendo algo. Así, desde la lejanía, si yo tuviera que aconsejarte, está claro lo que te diría. “La mejor opción es la primera, ya que si te vas puedes tener las dos cosas: tienes tus estudios que tantos años estabas esperando poder hacer y también a tus seres queridos; los fines de semana y las fiestas siempre puedes cogerte un medio de transporte y plantarte en tu ciudad”.


Si, ¿verdad? A todos a los que le preguntes te dirán eso. Para ellos es muy fácil, no se encuentran en el dilema corneliano al que tú tienes que enfrentarte. No, no tienes las dos cosas. Una de ellas la tienes en menor medida. Sí, claro, tienes a tu gente, pero lejos. Tendrás que contentarte con hablar con ellos por teléfono o por Internet. Y tener que desplazarte dos días a la semana como mucho. Las dos opciones que se te plantean te hacen daño. Cada una tiene algo bueno y algo malo. Porque la felicidad completa no existe. O puede que, en el fondo, te dé miedo aceptarla. Si siempre que tienes la oportunidad de ser feliz te entran miedos e inseguridades, y te fijas solo en pequeños detalles y cosas malas, siempre te encontrarás en esa situación corneliana, hasta cuando no tengas que estar en ella. Huye de esos temores y disfruta de la oportunidad que la vida te brinda: te deja elegir. Incluso, si me apuras, te deja tener las dos cosas. Puede que la distancia durante cinco días haga que los dos siguientes los disfrutéis mucho más. Porque en los momentos de adversidades y separaciones es cuando realmente descubres hasta qué punto quieres estar con esa persona que te ha hecho cambiar y ver el mundo con otros ojos.

viernes, 3 de junio de 2011

LOS CINCO SENTIDOS



Hoy te he sentido. Es algo que no se puede explicar, que no tiene ninguna lógica, ¿pero es que acaso lo nuestro tiene alguna lógica? ¿No es precisamente eso lo que nos caracteriza? Todo es tan surrealista… y, a la vez, tan real, que hoy he entrado a un local y te he olido. Te busqué con la mirada, porque tu olor no es algo que pueda confundir, pero no te vi. ¿Cómo es posible? Pero tu olor seguía presente y cada vez de forma más intensa, de tal manera que penetraba en mi nariz, a través del OLFATO, a pesar del resfriado que tengo, y entraba dentro de mí de forma tan estrecha, tan íntima… que era como si estuvieses conmigo. Cerré los ojos para aumentar esa intensidad y respiré, aspiré hondo… muy hondo. Y un cosquilleo recorrió mi cuerpo desde el cabello hasta la punta de mis pies. Y en mi cuello lo sentí, lo noté. Era tu aliento que se clavaba en mi nuca de forma tan suave y dulce que creí desmayarme en ese mismo momento. Entonces fue cuando me dejé llevar por un impulso irrefrenable y, con los ojos aún cerrados, llevé mi mano hacia mi cuello. Y allí te encontré. Te sentí. El TACTO de tu boca, de tu nariz, de tu cara, de tu pelo, de tu cuello… eras tú. Solamente podías ser tú. Eso era algo indiscutible. Y entonces te probé de nuevo, dejé que mi GUSTO quedara satisfecho y nos besamos intensamente. Y fue cuando deseé con todas mis fuerzas que ese momento no acabara nunca. Nos separamos despacio, muy despacio, casi como si nos estuviésemos matando el uno al otro, y entonces me hablaste. Oí tu voz. No quise abrir los ojos porque quería volver a escucharte, sentir tus palabras sobre mí como si me estuvieses regalando una dulce y tierna caricia. Mi OÍDO volvió a deleitarse una vez más con el sonido de tu voz. Volví a escucharte y pensé en cómo había podido estar tanto tiempo sin oírte y seguir viviendo tan tranquila, como si nada malo hubiese ocurrido. Tu voz, tu caricia, tu afecto, tu cariño… todo esto me recorrió el cuerpo entero como si de una descarga eléctrica se tratase. Y por fin abrí los ojos. Y entonces te vi. Mi VISTA pudo contemplarte en su plenitud, como si fueses otra persona nueva. Más divino, más celestial… mi dios.