viernes, 19 de octubre de 2012
EL BESO
jueves, 25 de agosto de 2011
AMAR
En el trabajo, cuando me levanto y cuando me acuesto, a pesar de estar separados físicamente, me acuerdo de ti siempre. Con las llamadas y mensajes que nos intercambiamos, descubro que a los dos nos pasa lo mismo: llevamos apenas unas horas separados, a veces incluso simplemente unos minutos, y ya nos echamos de menos.
Descubro que aunque consiga estar las 24 horas del día contigo, no dejo de verte y contemplarte. Aunque pasen horas y horas, no me canso de tu presencia y descubro la belleza del silencio... no me importa el silencio. Hasta eso quiero compartir contigo, porque me has enseñado que los silencios son hermosos y que son incluso mejor cuando van acompañados de tus caricias, tus besos y tus abrazos. Me gusta estar acompañada de ti en esos momentos de paz y tranquilidad, saber y sentir que estás sentado a mi lado.
Te busco en la cama. Aún entre sueños alargo levemente el brazo y ya puedo tocarte, porque estás a escasos centímetros de mí (a veces, son solo milímetros o incluso estamos pegados, rozándonos o tocándonos). Cuando te busco con la mirada, puedo intuir tu sombra acostada junto a mí y comprobar lo guapo que estás mientras duermes, inocente y totalmente ajeno a mis pensamientos. Puedo notar tu respiración y estudiar tus movimientos mientras respiras acompasadamente.
Soy feliz cuando sonríes, cuando ríes... en definitiva, cuando tú eres feliz. Simplemente verte contento me produce una felicidad difícil de definir ni de describir. Y dicha felicidad que siento se incrementa cuando sé que yo soy quien te ha provocado ese estado, ese arranque repentino y momentáneo que me gustaría que durara toda la vida.
Me encanta que me hagas descubrir comidas y sabores nuevos, hacer contigo nuevas actividades, que me muestres todo un abanico de posibilidades nunca antes conocidas por mí o que antes no sabía o no imaginaba que fueran a gustarme.
Disfruto simplemente con que un leve roce tuyo me estremezca de arriba a abajo como una descarga eléctrica... y comprobar que a ti te ocurre lo mismo.
Me gustan esos momentos en los que me siento confiada y, casi de repente, a veces como si no viniese a cuento, dejándome llevar, me abro a ti. Te cuento mis cosas, TODAS, desde las más insignificantes hasta cosas tan importantes y secretas que nunca se las habría contado a ninguna otra persona. Y mientras lo hago me miras, me escuchas, me acaricias, me apoyas. Y me dejas que yo haga lo mismo contigo.
domingo, 10 de julio de 2011
DILEMA CORNELIANO

viernes, 30 de julio de 2010
La novia en el altar (Segunda opción).

Llegó el día tan esperado. El día más importante de su vida. Allí estaban su madre, su tía, su abuela, su otra tía, su prima, la vecina, la amiga de la vecina, la mujer del portero… y otras tres mujeres a las que no había visto nunca. Todas miraban a la novia emocionadas y sin parar de hablar: “Y yo en mi boda…”. “Y fue un día…” las palabras le entraban por un oído y le salían por el otro. La ansiedad la atormentaba. ¿Casarse? Renunciar a la libertad y a la independencia. Tener que dar explicaciones de todo. No poder disfrutar de la vida de forma inconsciente y alocada... no. Este último pensamiento lo desechó rápidamente de su cabeza. En el fondo, no estaba siendo lo suficientemente sincera consigo misma. Durante todo su noviazgo, él siempre le había dado libertad. Sabían organizarse y comprendían que hay momentos para todo: estar con la familia, con los amigos, preocuparse de tu trabajo y tus obligaciones, tiempo libre para ti solo y, por supuesto… tiempo para estar con la persona que amas. Nunca habían tenido problemas al respecto y los dos se respetaban y se daban su espacio. Algo más tranquila miró el reloj que, precisamente, él le regaló cuando estuvieron en Ginebra. ¡Ya es la hora!. Miró en todas direcciones. Tenía la sensación de que le faltaba algo. Su madre se puso a llorar y le dijo lo guapísima que estaba y lo mucho que la iba a echar de menos. La novia se puso aún más nerviosa.
Sin saber muy bien cómo, consiguió llegar hasta el coche. Al arrancar, el pánico volvió a poseerla. No, no podía hacerlo. Era demasiado joven. Y esta decisión tenía que ser para toda la vida. Daba tanto miedo la frase… y mucho más teniendo en cuenta las estadísticas de divorcios y relaciones fallidas que hay en los tiempos que corren.
La llegada a la iglesia interrumpió sus pensamientos. Los invitados la observaban y cuchicheaban. Algunos la miraban como si quisieran darle el pésame. La novia se puso histérica. Le apretó el brazo a su padre, que era quien la iba a llevar hasta el altar. Intentó preguntarle qué ocurría, pero las palabras no consiguieron salir de sus labios. ¡El novio no ha llegado! Claro, pensó, se ha arrepentido. No quiere atarse. En el fondo, es un niño que no quiere crecer y tener responsabilidades. No quiere comprometerse. Los miedos de él han sido más fuertes que el amor que me tiene… No, no y no. Quería alejar todos esos horribles pensamientos de su cabeza. Todas sus dudas eran productos de los nervios. Todo va a ir bien. Vendrá. No es la primera vez que llega tarde. Siempre ha sido un poco desastre para eso.
Vió el coche del novio y su figura desencajada ante su tardanza. Y entonces, la novia sonrió y recordó por qué estaba tan enamorada de ese hombre.
lunes, 26 de julio de 2010
La novia en el altar
La novia estaba radiante. No paraba de reír y de llorar. Había acudido en menos de media hora cinco veces al cuarto de baño. Casi todas, se quedaba sentada, apoyaba las manos en la cabeza (con cuidado de no deshacerse el peinado) y respiraba e inspiraba una docena de veces antes de volver a salir. Había mucha gente ayudándola a arreglarse y se estaba agobiando. Miraba el reloj que se encontraba en la mesita de su habitación. Ese reloj se lo regaló él cuando estuvieron en Ginebra. Sonrió al recordarlo. “¡Todas las cosas que he vivido con este hombre!... ¡y esto sólo es el principio!”. Se miró al espejo y se vio vestida de novia. No se podía creer que fuera ella la que llevaba esa preciosidad blanca. ¡Con la de veces que quiso tirar la toalla!. ¡Con todas esas historias que su alocada cabeza se inventó para asegurarse a sí misma de que el amor no existía!. Volvió a mirar el reloj. Odió la estúpida tradición de que la novia tenía que llegar tarde. Y el tiempo no pasaba. Y quería ya por fin verse en el altar cogida de la mano de su marido. “¿Mi marido? ¡Qué bonito suena!”.

martes, 16 de marzo de 2010
ENTRE DOS DESTINOS
No te dio tiempo ni a reaccionar. Te quedaste un rato inmóvil como una estatua hasta que al final tu cerebro procesó la información. ¡Dos semanas! Aún faltaban dos semanas para volver a verlo. Pero todo era diferente. La diferencia era que él te había dicho que os ibais a ver y… ya no sólo eso, sino que ¡¡¡quería verte!!!. Esa noche te buscaría en la fiesta porque le apetecía encontrarse contigo. Estar contigo. Pero aún faltaba dos semanas. Catorce días. Muchas horas. Y muchos acontecimientos que podían darle a tu vida un cambio de 180 grados.
Esas dos semanas se iban a hacer interminables. Los minutos no pasaban. Las horas, mucho menos. Y aún seguían quedando muchos días para la gran noche. Tenías que entretenerte. Debías buscar otras distracciones que te hicieran olvidar la lentitud del paso del tiempo. Y al final lo hiciste.
Te centraste en tus estudios (te costó, pero tenías más fuerza de voluntad de lo que creías). Después de clase te encerrabas en la biblioteca a estudiar. Allí, al menos, tenías menos distracciones de las que puedes encontrar en casa. Ver a tantísima gente estudiando, además, te motivaba para hacer lo mismo. Y a los pocos días conocías las caras de todos. Erais siempre los mismos. Incluso a veces mirabas el reloj y pensabas “tiene que estar a punto de llegar el chico castaño que se sienta en la mesa que tengo a la derecha”. Y a los 10 minutos aparecía. Él también te había visto y te saludaba levemente con la mano. Recordaste entonces esa vez que salió a por un botellín de agua y te preguntó si querías algo. O en esa otra ocasión en la que te dijo que te merecías un descanso y si salías con él a tomar un café. La verdad es que era muy simpático. Y, a partir de ahí, aceptabas siempre que te lo decía sin dudar.
Una tarde, como ya era costumbre para ti, volviste a mirar el reloj. Pero el chico del pelo castaño no aparecía. Estuviste esperando impaciente, mirando sin pestañear hacia la puerta por la que tenía que entrar. Como si así consiguieses que fuese a venir. Pero no lo hizo en toda la tarde. “¿Y ahora qué hago?”, pensaste después de haber salido a tomarte el cuarto café de la tarde. Ese día regresaste a casa un poco avergonzada del comportamiento absurdo que habías tenido. No entendías por qué la presencia de ese chico era tan importante para ti. Miraste el móvil. ¡Tres días! Sólo faltaban tres días para la gran noche. Después de tanto tiempo esperando por fin ibas a encontrarte con tu chico. El del banco. Empiezas a recordar la conversación que tuviste con él, pero vuelven a tu mente imágenes de apuntes, de libros… de la biblioteca. Y ves de nuevo al chico castaño resoplando, pasando páginas, bebiendo agua.
Llega la gran noche. Estas con tus amigas y una voz a tus espaldas te sobresalta: “veo que al final has venido. Me alegro de verte”. Y ahí está. El chico del banco. Te está sonriendo, esperando tu reacción. Esperando tu contestación. Pero tú no sabes qué hacer ni qué decir. Por una milésima de segundo pensaste que era otra persona. Y te sientes un poco triste al comprobar que no es así. Te sientes incómoda. Nerviosa. Y, sin dudarlo un instante, te tomas de un trago la copa que llevas en la mano.Te acercas a la barra a dejar el vaso. Y… ¡terminas viéndolo!. Un cosquilleo en el estómago te pone la piel de gallina y notas un pequeño vuelco en el corazón. Por fin da señales de vida. Es el chico de la biblioteca hablando con un par de amigos. Observas sus gestos, sus manos, su forma de hablar, de mirar. Y te sientes contenta de poder analizarlo detenidamente sin que él se dé cuenta. Al final vuestras miradas se cruzan y te asustas. Pero te recompones pronto y le saludas con la mano. Como él siempre te hacía cuando entraba en la biblioteca y te veía. Te sonríe como nunca lo ha hecho (o esa al menos es tu impresión). Y se acerca a ti…
martes, 16 de febrero de 2010
EL HOMBRE DE MI VIDA
Pero llegó el momento. El principio de todo. Una de las noches más importantes de mi vida. Esto también es algo absurdo si tenemos en cuenta que, como en ese momento no significó nada para mí, no tengo recuerdos sólidos de ese encuentro. La primera vez que hablamos. No recuerdo el motivo por el que me habló, y él se acuerda de las cosas mucho menos que yo. Ya sabes cómo es. Creo que fue por culpa de un amigo común con el que me puse a conversar. Él se metió por el medio y dijo algo que no recuerdo en absoluto. Seguro que no tiene importancia lo que dijo. Lo que realmente es importante es lo que sentí en ese momento. “Ya está el típico chulito que necesita oírse a sí mismo y comprobar lo simpático y gracioso que es”.
A partir de entonces coincidimos mucho más en las fiestas. Cada vez que me veía no paraba de hacer malabarismos: que te invito a una copa por aquí, que te acompaño a casa por allá, que nos vemos el sábado que viene… y una fuerza sobrenatural en mí fue cambiando. “No entiendo cómo me puede caer bien el payaso éste”, era lo que pensaba.
Pero mi lucha interna no podía ser eterna. Terminé reconociendo que lo había conseguido. Que al final, tanto como le repetí la frase “si piensas que conmigo van a funcionar tus jueguecitos de seducción lo llevas claro”, se había vuelto contra mí. No sólo habían funcionado, sino que me pasaba la semana entera contando los minutos que faltaban para volver a verlo, rememorando cada frase y cada broma que nos habíamos intercambiado.
El resto de la historia, ya lo sabes, hijo mío. Tu padre y yo te la hemos contado mil veces. Cómo empezamos a salir, cómo nos casamos, cómo te tuvimos… pero nunca te había contado que antes de tomar la decisión de estar juntos, di muchas vueltas y mareé mucho a tu padre. Creía que cuando apareciera el hombre de mi vida una señal me revelaría quién era. Que el mundo entero se pararía y solamente el hombre que siguiera en movimiento sería el mío. Pensaba que sonaría una música de fondo que me ayudaría a adivinar que por fin lo había encontrado. No me imaginaba que mi príncipe azul tan sólo se encontraba cada sábado a un par de metros de distancia, esperando a que se diera la situación adecuada para entrar en mi vida y ponerla patas arriba. martes, 15 de septiembre de 2009
LA MONTAÑA RUSA
Decido que nos subamos a la montaña rusa. La idea te asusta, porque siempre has intentado evitar las atracciones más ‘peligrosas’. Y lo habías conseguido hasta hoy. No has querido decirme que no porque ves el brillo de mis ojos ante el deseo de descargar la adrenalina en esa montaña. Y, por eso, optas por armarte de valor para concederme el gusto.
En solamente minuto y medio que dura el recorrido nuestras vidas dan un giro de 180 grados. Al igual que nuestros cuerpos subidos en el aparato. Tu valentía ya se ha agotado o, en realidad, puede que haya llegado a su punto álgido; por eso, sin pararte a pensar ni un solo segundo, me gritas: “no me gustaría morirme sin que sepas lo mucho que te quiero”.
En esos momentos, me siento mareada. Necesito bajar. Necesito “saber que el suelo sigue aquí bajo mis pies”. Pensar que no ha sido el mejor momento para ponerme a recordar la letra de una canción me hace gracia. Y tengo ganas de llorar. Y de reír. Y de gritar. Y de dar saltos de alegría. No estoy segura de haber oído lo que realmente has dicho, lo que tanto tiempo he soñado que me dijeras y lo que tanto tiempo llevo sintiendo por ti y nunca me había atrevido a confesarte.
Bajamos de la montaña rusa e intento descubrir en tu cara que lo que me has gritado ha ocurrido de verdad. Observo que estás cabizbajo, sin atreverte a mirarme a los ojos, evitando a toda costa que nuestras miradas se crucen. Al final, sin poder soportar ni un segundo más la incertidumbre, tartamudeando un poco, consigo reunir las palabras para formar la pregunta: “¿es verdad lo que me has dicho en la atracción?”. Me miras y ves en la expresión de mi cara lo que quiero que contestes. La pregunta sólo tiene dos posibles respuestas y notas en mi mirada expectante cuál es la que quiero escuchar.
Satisfecho, relajado y contento sonríes y me besas. En esos momentos, deseo poder congelar el tiempo y quedarnos siempre así, unidos como imanes, sin pensar en nada más. Sin preocuparnos por el mundo que nos rodea. Solamente existiendo tu y yo en un mundo nuevo creado por nosotros dos.
jueves, 2 de julio de 2009
TU PRIMERA MALA EXPERIENCIA
Todo lo que sé y he vivido me gustaría poder resumirlo en unas cuantas palabras que de golpe y plumazo te ayudaran a olvidar. Querría que pudieras entrar en mi cabeza para que fueras testigo de los golpes que me he dado contra la pared y así evitar que tú te dieras los tuyos. Pero si algo he aprendido en todos estos años es que cada uno tenemos nuestros propios golpes y nuestras propias paredes y que, por mucho que yo te diga, no puedo evitar que termines sufriendo. Mi instinto de “hermana” mayor (o incluso de “madre”, pero esto último no quiero reconocerlo porque me hace sentir vieja) hacen que me sienta impotente ante lo que estás viviendo y que tus sufrimientos sean también los míos.
Eres una chica estupenda. Aún recuerdo la primera vez que te vi… ¡eras horrorosa!. Pero con el tiempo te fuiste transformando en una persona con un corazón de oro, con unos ojazos que cautivan a todo aquel que se atreve a mirarte, con esa risa tan especial que contagia a los que tienes a tu alrededor por ser un regalo caído del cielo, esa bondad que te hace estar siempre dispuesta a agradar y a ayudar a las personas a las que quieres… todo ello es como un hechizo que enamora y seguirá enamorando a más de uno. Sin embargo, ahora eres tú la que tienes el corazón roto.
Por eso, tu máxima prioridad en estos momentos es curar tu corazón: pasa página. Rodéate de la gente que te preste su hombro para llorar en los momentos escasos en los que tú lo necesites y solamente cuando tú lo pidas y, sobre todo, de gente que te haga reír a carcajadas con esa risa contagiosa tan maravillosa que tienes.
Esta primera mala experiencia que has vivido, a la larga, te servirá para valorar mucho mejor las infinitas buenas experiencias que te esperan, debido a que la gente que te conozca y que te tiene aún que conocer son y serán testigos de tu gran belleza interior y exterior. Porque con sólo mirarte eso se nota. Y, en esta ocasión, nadie se equivocará al llegar a tales conclusiones. Con todo esto aprenderás que la vida no es tan de color de rosa como te imaginabas (aunque, por supuesto, no es tan negra como siempre te la he intentado hacer ver).
Sé que es difícil: créeme. Todos pasamos por eso alguna vez. La pregunta que más te haces y te seguirás haciendo mientras sigas pensando en esto siempre será ¿POR QUÉ?. Y, desgraciadamente, eso no tiene respuesta totalmente correcta y sincera. Puede que incluso ni él mismo la sepa con total certeza. Pero como dice una canción de un antiguo cantante italiano que puede que te suene: “La vida es así. No la he inventando yo”.
Aunque pienses que no tengo derecho a hablar así, porque no conozco tu caso concreto, estás equivocada: el comportamiento de esa persona es mucho más importante que la forma de ser que tuviera contigo o la personalidad que tú creías que tenía. Hasta cuando conoces a una persona desde hace años, te termina sorprendiendo con un comportamiento que nunca te hubieras imaginado que tenía. Por eso existen los divorcios y las separaciones. Querer y amar a una persona no es suficiente. Muchos otros factores externos son los que terminan rompiendo a algunas relaciones. Cuando las cosas no pueden ser, no pueden ser.
Sé que pensarás que es muy fácil decir todo esto, pero que hacerlo es mucho más complicado. Me conoces y sabes que ni yo misma soy capaz de poner en práctica las cosas que te digo. Pero una gran cualidad que tienes y de la que me encantaría contagiarme es la de la fortaleza. Tú que puedes, porque tienes el carácter suficiente para hacerlo, levántate del suelo y sigue con tu cabeza bien alta demostrando ser la misma chica maravillosa del que todo el mundo estaría encantado de enamorarse.

viernes, 26 de junio de 2009
ELLA (HISTORIAS II)
Sus miradas se cruzan y la chica ve en los ojos de él un brillo especial, alejado de la chulería habitual. Ese brillo que siempre asoma a sus ojos cuando la mira. ¿Ella era capaz de cambiar a un hombre y de volverlo más humano?. ¡Menuda bobada pensar así!. No, lo que ocurre es que es la única que no está afónica dando gritos, la única que no lo trata como si fuera un dios o un ángel caído del cielo. Y eso a los hombres les afecta a su ego, sobre todo a personas como él. Pero algo en su interior le hace rechazar esta última teoría. Él no es solamente ese gran deportista admirado y envidiado por todos. Ella lo sabe. Lo ha observado durante mucho tiempo. Lo ha visto actuar y casi podría asegurar que puede leerle la mente… Aunque no siempre es así. A veces, las piezas del puzzle son demasiado parecidas y ella tarda mucho en darse cuenta de que se ha equivocado al encajarlas. O mejor dicho, se ha equivocado en escoger un puzzle tan difícil como él. Pero es algo superior a sus fuerzas.
El partido termina y el jugador vuelve a mostrar esa sonrisa de superioridad. “¡No, por favor!, muéstrame una sonrisa dulce, cariñosa, una sonrisa donde me digas que no eres como la gente piensa. Que mereces la pena. Que puedo ser esa persona que buscas”.
La chica despierta de la ensoñación. La cabeza vuelve por fin a dominar sobre su corazón. Se levanta y se marcha tranquilamente mientras todos gritan y aplauden por la victoria.
¡Hasta el próximo partido!
sábado, 7 de febrero de 2009
BENJAMIN BUTTON
Todos lo hemos pensado alguna vez: deberíamos nacer viejos y terminar muriendo siendo jóvenes. Pero… ¿y si sucediera de verdad?, ¿qué ocurriría si nos pasara como a Brad Pitt (o, mejor dicho, Benjamin Button)?. ¿Y si las agujas del reloj en lugar de girar de izquierda a derecha lo hicieran en sentido contrario?: nacer con artritis y lleno de arrugas, aprender a andar cuando deberías empezar a dejar de hacerlo, tener la apariencia de un abuelo adorable mientras que, en el fondo, tienes la inocencia de alguien que nunca ha tenido relaciones con nadie, aparentar ser un respetable hombre maduro cuando no sabes nada de la vida, parecer un adolescente cuando llevas toda una vida de experiencias y vivencias, tener demencia senil cuando físicamente tienes unos 10 años, morir de bebé mientras te acunan para dormirte… Si lo pensamos bien, es inconcebible.


