El concepto de momento es tan efímero que, si te
paras a pensarlo, la ansiedad puede corroerte por dentro. Sobre todo, cuando
eres feliz. La sensación es tan buena que duele, que da miedo, porque no
quieres que acabe. Intentas aferrar el momento con todas tus fuerzas, quieres
agarrarlo fuerte, muy fuerte, para alargarlo más, hasta el infinito. Y el
simple hecho de pensar que el momento acabará hace que no lo disfrutes. Lo
abrazas, lo estrujas, como si así pudieras conseguir que nunca te dejara, que
se quedará contigo allí para siempre, como una foto, una escultura, un dibujo…
o cualquier otro estilo envidiable que permite capturar ese instante hasta la
eternidad.
Entrar en la definición de felicidad crearía un
debate inagotable. Cada uno tiene su propio concepto: unos piensan que no
existe, otros que solo a ratos, los de más allá no creen ni lo uno ni lo otro.
Pero es muy sencillo. La felicidad está hecha de momentos, instantes,
vivencias, buena compañía, amor, personas, dulzura, ternura, caricias,
tranquilidad, desconexión, un bello paisaje, un buen libro, una buena película…
pero, sobre todo, de disfrutarla, de exprimirla, de estrujarla y de
aprovecharla al máximo siempre con la gratitud de pensar que esos momentos,
aunque se vayan, siempre vuelven.
No hay comentarios:
Publicar un comentario