"Todos los LUNES compartiendo mis sueños y pensamientos contigo"

lunes, 22 de junio de 2015

LA PRIMERA CITA


Ella sonrió. Allí estaba él sentado en el césped, esperándola. Él fingía no verla aproximarse mientras comprobaba nervioso el móvil, se palpaba el bolsillo del pantalón y miraba hacia el lado contrario como si estuviese observando algo que estaba pasando en el lado contrario. Ella se sentó a su lado, sin tocarlo, pero lo suficientemente cerca como para sentir su proximidad. Apenas se rozaban pero pudieron notar cómo se les erizaba la piel.

Se miraron nerviosos, sin saber muy bien qué decir, sintiéndose torpes por tener que medir las primeras palabras que se dirían. La noche que se conocieron parecía todo mucho más fácil. Pero ahí estaban en ese momento, los dos a solas, en un encuentro programado, porque se gustaban lo suficiente como para intentar conocerse un poco mejor.

El tiempo parecía acompañarles. El atardecer les ofrecía esa variedad de colores que incluso parecían hacer juego con la ropa que los dos llevaban. Se dejaron acariciar por el sol, cerraron los ojos para sentir mejor la suave brisa y respiraron profundamente. El momento era tan mágico que daba miedo moverse, por si lo estropeaban. Hasta que él se atrevió y le echó el brazo por encima, suavemente, a cámara lenta, temiendo ser rechazado. Ella se achuchó algo más contra él, para acortar aún más la distancia entre los dos. Él lo tomó como una invitación; le acarició la cara y luego la beso, lenta y tiernamente al principio, de forma más pasional después. Sintieron que llevaban toda su vida esperando ese momento.

El beso fue largo y prolongado, sin descanso, porque no querían separarse. Estuvieron tanto tiempo así que consiguieron aprenderse de memoria el sabor del otro, cuál era el espasmo involuntario que haría, cuándo conseguían que gimiera, cómo era su boca, su nariz, cuántas pecas tenían, cómo era el lunar… Hasta que la oscuridad los cegó y sin saber cómo las horas habían transcurrido como si hubiesen sido segundos.


lunes, 15 de junio de 2015

CUANDO TIENES ALGO QUE PERDER


¡Qué miedo da la felicidad! Mucho, mucho miedo. Te acercas a ella de puntillas, como si estuviera dormida y no quisieses molestarla, no vaya a ser que tenga un mal despertar.

La miras y la ves tan hermosa… “¿Dónde has estado toda mi vida? ¿Por qué estabas tan escondida?”, te gustaría preguntarle. Pero no te atreves a hablarle, no vaya a ser que la respuesta no te guste.

Porque tú siempre la has deseado pero, ahora que la tienes cerca, no sabes lo que pensará de ti. ¿Y si es un amor no correspondido? ¿Y si incluso me aborreciera? ¿Y si yo fuera otra de sus conquistas pasajeras? La simple idea te hace un nudo en el estómago y te da un gran vuelco el corazón. Respiras hondo, buscando oxígeno, y notas lo mucho que te cuesta encontrarlo de nuevo.


Porque la felicidad es más difícil alcanzarla cuando ya la conoces. Antes solo la veías como una utopía, algo con lo que soñabas para dar a tus días un sentido. Porque siempre hay que tener una meta en la vida, algo con lo que entretenerla, aunque solo sea en tu imaginación. Y así también le dabas algo de picante a tu existencia. Pero el amor duele, duele tanto… porque sabes que ahora sí que tienes algo que perder. Y esa es una de las peores sensaciones que te pueden pasar.

lunes, 8 de junio de 2015

SENTIR


Siento tu presencia, aunque no estés aquí. Tu olor me persigue por todos los rincones y me giro, muy de vez en cuando, para asegurarme de que no eres tú. Tu nombre se repite constantemente: en las series, películas, programas, en la calle… todo me recuerda a ti.

El sonido de tu risa hace que yo también sea feliz. El recuerdo de tu voz me acaricia cuando me siento sola, en mis momentos más íntimos, o simplemente cuando te necesito a mi lado. En cualquier situación que me ocurre en mi rutina diaria intento imaginar cómo actuarías tú, qué me dirías, cuál sería tu comentario jocoso o tu consejo inteligente.

Siento tus manos, alrededor de mi cuerpo. Tus brazos tan protectores en los que estoy tan segura y protegida. Me abrazan fuerte y yo también lo hago, esperando con ese gesto hacer que el momento se haga inmortal y que la sensación tan placentera nunca desaparezca.

Me encantan tus ojos porque cambian de color dependiendo de la luz que tengan a su alredor. Me gusta muchísimo verlos cómo son de traviesos, que no paran quietos intentando captar todo lo que ocurre.


También tengo gustos nuevos. Adoro los silencios cuando te tengo conmigo. Las palabras, a veces, están de más, y eso es algo que he aprendido contigo. Es hermoso disfrutar de una puesta de sol, de una noche estrellada, de una fuente iluminada, de una brisa ligera que te deja respirar, de un paseo a la orilla del río, mirando el resplandor del agua, observar el cambio de colores que la naturaleza te ofrece… pero, sobre todo, es hermoso porque lo hago estando contigo. Y sé, aunque no me lo digas, que tú también sientes lo mismo. 

lunes, 1 de junio de 2015

QUE NO ACABE


El concepto de momento es tan efímero que, si te paras a pensarlo, la ansiedad puede corroerte por dentro. Sobre todo, cuando eres feliz. La sensación es tan buena que duele, que da miedo, porque no quieres que acabe. Intentas aferrar el momento con todas tus fuerzas, quieres agarrarlo fuerte, muy fuerte, para alargarlo más, hasta el infinito. Y el simple hecho de pensar que el momento acabará hace que no lo disfrutes. Lo abrazas, lo estrujas, como si así pudieras conseguir que nunca te dejara, que se quedará contigo allí para siempre, como una foto, una escultura, un dibujo… o cualquier otro estilo envidiable que permite capturar ese instante hasta la eternidad.


Entrar en la definición de felicidad crearía un debate inagotable. Cada uno tiene su propio concepto: unos piensan que no existe, otros que solo a ratos, los de más allá no creen ni lo uno ni lo otro. Pero es muy sencillo. La felicidad está hecha de momentos, instantes, vivencias, buena compañía, amor, personas, dulzura, ternura, caricias, tranquilidad, desconexión, un bello paisaje, un buen libro, una buena película… pero, sobre todo, de disfrutarla, de exprimirla, de estrujarla y de aprovecharla al máximo siempre con la gratitud de pensar que esos momentos, aunque se vayan, siempre vuelven. 

lunes, 25 de mayo de 2015

MIEDO A DISFRUTAR


(Después de una semana de luto, vuelvo a mis entradas de los lunes en el blog… para empezar la semana con energía)

Últimamente la vida me sonríe. No lo quiero decir muy alto por si me escuchan y se me gafa, pero 2015 está siendo un buen año.

La radio me encanta y en COPE me siento como en una segunda casa. Todos somos un gran equipo, como una familia grande con los que tienes más afinidad o menos, con los que hablas más o menos, con los que intimas más o menos, con los que te ríes más o menos… pero son tu familia, al fin y al cabo.

Y ayer me lo volvieron a demostrar. Ser productora del Programa Especial Elecciones 2015 de Madrid no es tarea fácil. Fundamentalmente, en un año como este, donde el cambio está trastocando, para bien o para mal, nuestra nada apreciable política española. Fue un día de mucho estrés: subiendo y bajando, escribiendo a toda máquina, sacando cortes, recibiendo correos, haciendo llamadas… pero la recompensa del trabajo bien hecho y de vivir de primera mano una jornada tan importante bien valieron el esfuerzo.


Sobre todo, me quedo con la labor de los compañeros. Todas esas personas que vieron mi agobio y me ofrecían ayuda, me decían que cenara, se preocupaban, estaban atentos y me pedían que me calmara, que todo estaba saliendo bien. Y todo eso me ayudó a poder respirar hondo y pude volver a sonreír, a sentirme feliz, por todo lo que estoy viviendo y porque, si algo estoy aprendiendo en estos momentos es que no importa lo que dure la felicidad… lo primordial es saber lo que es, sentirla y disfrutarla al máximo, dure lo que dure, porque eso es algo que nadie te podrá quitar, aunque tenga fecha de caducidad.

lunes, 11 de mayo de 2015

¿QUÉ HAGO AQUÍ?


Un día te despiertas y sientes una gran laguna en tu cabeza. No sabes
lo que ha ocurrido e intentas hacer memoria. Pruebas con esa técnica
que tantas veces te han aconsejado de intentar escenificar detalle por
detalle todo eso que has vivido y que aún no se ha borrado de tu
cabeza.

“Yo estaba haciendo esto, en compañía de esta persona, en tal lugar.
El motivo fue por este y luego acabamos cambiando a otro sitio,
haciendo algo diferente… ¿pero el qué?” Y ahí vuelves a quedarte
atascado con tus recuerdos, que los sientes moverse como en una
nebulosa.

Te exprimes la cabeza, intentas recordar… más, algo más. Y sensaciones
extrañas se mezclan con ese recuerdo cronológico. Una imagen llega a
tu cabeza… pero ya no sabes cuándo pasó, por qué… ni siquiera podrías
poner la mano en el fuego y asegurar 100% si es un recuerdo real o si
simplemente lo soñaste. Es una imagen tan extraña que lo más probable
es que no haya ocurrido nunca.

Y se vuelven a mezclar otras escenas, otros recuerdos, otras personas,
otras situaciones, otros lugares. Y el desasosiego por no entender da
paso a una extraña alegría, una felicidad que pocas veces has sentido.
Y no sabrías exactamente decir qué es lo que motiva esa sensación.

Das vueltas y vueltas en la cama, consigues abrir los ojos y notas
otra vez ese sentimiento: ¿qué hago aquí? Esa no es tu habitación, no
es tu cama, no es tu hogar…

Y el miedo te provoca un nudo en la garganta. Una sombra, a no mucha
distancia de ti, se dibuja en el horizonte. Y entonces algo te dice
que es donde debes estar. Y vuelves a sentirte de nuevo en casa.

martes, 5 de mayo de 2015

INTERPRETANDO LAS SEÑALES


Yo ya te he visto. En el fondo, te conozco desde siempre. Aunque admito que no me había dado cuenta hasta el día en que nos presentaron.

Me llevas siguiendo toda la vida. Me persigues cuando salgo de casa, te cruzas conmigo por la calle a diario, me has pillado alguna vez mirándote sin mucha atención, veo tu sonrisa o tus ojos me han cautivado sin proponérmelo incluso cuando es a otros a los que le dedicas tu atención.

En el parque también te he visto, con tus amigos. Te he observado en el metro, en el tren o en el autobús. En el instituto, en la universidad, en el trabajo… siempre pululabas por ahí, muy cerca de mí.

Disimulabas distraído sacándote un café en la máquina del pasillo o un refresco… también una bolsa de patatas. A veces me regalabas un “hola” casi sin mirarme. Puede que incluso te haya visto con otra… con otras; pero en esa época aún no nos habían presentado.

Y es que el día en el que hablamos por primera vez, a solas, me di cuenta de que el destino me estaba poniendo señales constantemente por el camino. He convivido con tus ojos en otras personas, tu sonrisa, tu voz, tu olor, tus manos, tu barbilla, tu nariz, tu altura, tu complexión. Tu sentido del humor, tu ironía, tu inteligencia. Tu ciudad de procedencia, tu edad, tus gustos, tus amigos. Y todo eso siempre visto en personas diferentes que se cruzaban en la rutina de mi día a día prácticamente desde que tengo uso de razón.


Puede que eso sea una prueba de lo importante que eres… y tienes que ser en mi vida.